El esperanto en 10 minutos, para navegantes
Un reino pequeño, de poca población,
no emplearía todas sus cosas.
Los habitantes temerían la muerte
y no se alejarían en grandes expediciones.
Aunque tuvieran barcos y carros,
no los utilizarían.
Aunque tuvieran armas y corazas,
no las mostrarían.
El pueblo volvería a ocuparse
de anudar cuerdas.
Y encontraría sabrosa su comida,
buenas sus ropas,
tranquilas sus casas,
alegres sus costumbres.
En dos reinos vecinos,
tan cercanos que mutuamente se oirían entre sí del uno al otro los perros y los gallos,
las gentes morirían muy viejas
sin haberse visitado jamás.
Fragmento LXXX (o XXX, conforme a otra ordenación) de Lao Tse. Citado por Rafael Sánchez Ferlosio en "O Religión o Historia", en "Ensayos y artículos. Volumen II" (Barcelona: Ediciones Destino 1992. 803 p., p. 333-334).
Para completar la imagen a Lao Tse le faltó añadir : "y sin haber hablado otra lengua que la materna". Hay mucha gente que ni tiene ni siente la necesidad de viajar al extranjero o aprender otro idioma. Hay también otros que, por la fuerza de las circunstancias, son bilingües, trilingües o cuantas-veces-lingües-haga-falta. Y son numerosos quienes han empleado horas y horas de su tiempo de estudio y de ocio para aprender a usar con mayor o menor soltura algunas de los miles de lenguas que se hablan en el mundo. Lo ideal sería viajar a Pequín y hablar en chino ; en Oulu, emplear el finés ; y, a continuación, estudiar a fondo una lengua polinesia para pasar dos semanas de absoluta tranquilidad en Vanuatu. Ahora bien, algo así sólo está al alcance de un puñado de genios a los que no les queda tiempo ni para perderlo. Por eso la mayoría ha de contentarse haciéndose entender con el inglés en Amberes, el ruso en Tal·linn (escrito a la catalana para una pronunciación impecable) o un espanglis italianizado en la madrileña Plaza de Cascorro. Existe otra posibilidad: estudiar una lengua más fácil, que no sea la lengua materna de (casi) nadie, y que por tanto cualquier interlocutor pueda asumir como propia, sin sentirse excluido ni discriminado culturalmente. Esa lengua es el esperanto. Aprenderla requiere un cierto esfuerzo, si bien considerablemente menor que en el caso de los idiomas nacionales (por ejemplo, no tiene verbos irregulares ni diversas conjugaciones). Quizá lo mejor sea intentar responder a diez preguntas que cualquier navegante podría hacerse:
¿Cuánta gente lo habla?
En total hay 142.857 esperantistas. No, es broma. En realidad no se sabe, pues no hay estadísticas. No es lo mismo el número de los que lo han estudiado o tienen conocimientos (¿millones?) que el de los que lo hablan y utilizan con relativa frecuencia (¿uno o varios cientos de miles?). De todas formas, sería necesaria una vida a lo Matusalén para poder hablar con todos. Por cierto, ¿cuántos donantes de sangre, cuántos intérpretes, cuántos ajedrecistas o personas que tocan el piano hay en el mundo?
¿Es una secta?
No, y tampoco un partido político. El Jarlibro (anuario) de Universala Esperanto-Asocio, con sede en Rotterdam, incluye a su vez información sobre asociaciones especializadas, ya sea de índole religiosa (tanto de esperantistas musulmanes como católicos o cuáqueros pasando por los mormones, el wonbulismo e incluso los propios ateos practicantes), política (comunistas, Partido Radical), científica (informática, ornitología, etc) u otras (ciegos, radioaficionados, espeleólogos, amantes de la sauna...).
¿Cuando se "inventó"?
El primer manual para aprender esperanto lo publicó Lázaro Zamenhof en 1887 en Bialystok, ciudad hoy polaca y entonces perteneciente al imperio de los zares. El autor, judío rusohablante, oculista de profesión, tenía en ese momento 27 años.
¿Es artificial o es natural?
Es, como todas las lenguas, una creación cultural, y en ese sentido también es artificial (las palabras no caen de los árboles ni surgen por generación espontánea). La diferencia estriba en su regularidad y facilidad, debida a su origen conscientemente encauzado. Entre los idiomas nacionales encontramos diversos grados de planificación, desde el ortográfico (coreano, castellano, turco tras Atatürk) hasta operaciones de fijación de la lengua estándar (finés, euskera, hebreo moderno). Es una lengua natural desde cualquier otro punto de vista (lingüístico, literario, sociológico); por eso no ha de extrañar que el PEN Club Internacional tenga una sección de escritores esperantistas, o que haya grupos de rock que han optado por él a la hora de componer sus canciones.
¿Tiene futuro?
Sin duda, aunque lo que realmente cuenta es si tiene presente (léase la siguiente pregunta).
¿Para qué sirve?
Principalmente, para "perder el tiempo" o para aprovecharlo de otro modo con personas de países y culturas diferentes, evitando la discriminación lingüística y la pérdida acelerada de neuronas que supone el estudio indiscriminado de gramáticas y diccionarios. En otras palabras, para viajar, para leer o escribir (literatura traducida así como original, tanto poesía como prosa), para navegar por la red (que parece haber sido creada ex profeso para los esperantistas), para hacer amistades de otro tipo... En el pasado también sirvió para que individuos como Hitler o Stalin lo consideraran a uno "elemento peligroso" y lo retirasen de la circulación sin mayores explicaciones.
¿Hay tacos en esperanto?
Claro que sí.
¿Es una lengua europea?
Aparentemente, en su vocabulario, sí lo es. La mayoría de sus palabras son comunes a varias lenguas europeas así como, por motivos históricos, a otras no europeas: pan se dice pan en japonés y pano en esperanto (pero reno se dice boaco [boátso], directamente del lapón). Una lengua cuyo vocabulario hubiera sido seleccionado de todos los idiomas existentes, por medio de cuotas, sería inviable : al quechua le corresponderían tal vez cinco palabras, al gallego otras cinco, etc. (¿pero cuáles?). Por otra parte, el origen del vocabulario del esperanto se remonta no a 1887, sino al de sus fuentes etimológicas. Ejemplo: la palabra latina praecoqua (o persica praecox), es decir "melocotón inmaduro", pasa al griego (praikókion) y de éste al árabe como barqúq o, con artículo, al-barqúq. De aquí proceden la forma italiana albicòcca, la española albaricoque, la portuguesa albricoque, la occitana albricòt y las catalanas albercoc y abercoc. La palabra catalana dio lugar a la francesa abricot, posteriormente adoptada por varias lenguas europeas, entre ellas el esperanto, con abrikoto [CHERPILLOD, André: Mil ekzotaj vortoj. Courgenard: el autor, 1992, 122 p.]. Sin embargo su gramática, regular y no muy complicada, se asemeja en algunos aspectos a la de ciertas lenguas asiáticas, como el chino (cuya mayor dificultad se limita al uso de ideogramas y al hecho de ser un idioma tonal).
¿No supone una contradicción ser intérprete y esperantista a la vez?
No, al contrario. Más clara que el verbo ser resulta la expresión "hablar esperanto y trabajar como intérprete". En ambos casos se trata de facilitar la comunicación, la propia o la de otros. En sus viajes, o en visitas de amigos extranjeros, muchos esperantistas han de actuar como improvisados intérpretes. De hecho, unos y otros comparten el conocer lo compleja y lo variada que es la vida desde un punto de vista lingüístico. Ya lo dice un papiro egipcio: "Es bueno que haya muchas lenguas. Es malo que haya muchas lenguas".
¿Desaparecerán en el futuro las dos categorías mencionadas en la novena pregunta?
No, a no ser que se haga realidad lo que imagina Douglas Adams en su Guía del autoestopista galáctico: "Tal vez sea el pez Babel el ser más extraño del universo. Se nutre de la energía cerebral, no de quien lo porta, sino de quien está a su lado. Ingiere todas las ondas mentales inconscientes del exterior y defeca en la mente de su portador una matriz telepática formada por una síntesis de los pensamientos conscientes con las señales nerviosas absorbidas de los centros del habla del cerebro vecino. El resultado práctico es que, si se coloca uno en la oreja un pez Babel, puede comprender de pronto cuanto se le diga en cualquier lengua conocida de la galaxia, que vienen a ser unos cinco millones." [Citado por DEK, Liven, en La lingua fantastica, varios autores. Aosta : Keltia Editrice 1994. 310 p.; p. 287].


